Reflexiones


Resulta sorprendente el abandono de algunos panteones en San Miguel por parte de determinadas familias propietarias. Hay quien no pone los pies por que no le gustan los cementerios, los hay que jamás han llevado al cementerio a sus hijos, nietos o sobrinos pese a poseer un maravilloso panteón del siglo XIX, o incluso quien quiere liquidar su panteón para no tener que preocuparse por sus antepasados. Hay en fin –y duele decirlo, pero en nuestra ciudad no es inusual- una extraña mezcla de superficialidad, incultura y desapego por la tradición que afecta a todas las clases sociales.

Afortunadamente todos no pensamos así, y para muchos las raices, el arte y la cultura todavía son valores a preservar. San Miguel es mucho más que un cementerio. Contiene la historia de la ciudad durante doscientos años y, además, es un maravilloso conjunto artístico. Quien además de poderlo visitar, tiene por herencia una llave que le conduce a una cripta o a un panteón, posee un mágico privilegio de abrir una puerta a un pasado digno de ser relatado.

Pensemos en lo costosos para la época que fueron los solares para construir panteones en San Miguel, hasta el punto en que quedaron tres o cuatro parcelas sin vender en el primer patio. Tal sería el nivel económico de las familias que podían adquirirlos y edificarlos.

Imaginemos las visitas de nuestros antepasados al cementerio en el siglo XIX, acudiendo en coches de caballos, con suntuosos ropajes de duelo: levitas, mantillas, velos (las viudas solían llevar dos velos, uno corto que tapaba la cara, y otro largo que caía a la espalda y se denominaba "pena"), las joyas aceptadas por el luto (perlas, azabache), rosarios y libros de oraciones. Los entierros en un panteón, con los sacerdotes revestidos con capas pluviales negras, los responsos y las misas que por cada familia se decían diariamente en la capilla del cementerio, con el sacerdote de espaldas, entonando el réquiem en latín.

La literatura y la historia nos dejan buenos ejemplos de lo que fue la cultura de la muerte en el siglo XIX, totalmente alejada del pueril temor supersticioso al cementerio que se instaló a mediados del siglo XX.

San Miguel se enmarca en el concepto de cementerio jardín pintoresco decimonónico, en la línea de los grandes cementerios franceses como Pére-Lachaise, y de catálogos de arquitectura funeraria como el de César Dally. Muchos de los panteones son construidos en estilo historicista (neogóticos, neorrománicos), al que los románticos vuelven sus ojos en busca de un pasado evocador. La literatura gótica ensalza los cementerios y los convierten en escenarios por los que transitan sus protagonistas, invariablemente pálidos, aristocráticos y vestidos de riguroso luto.

Los ritos funerarios en la literatura del siglo XIX
contemporánea a San Miguel:

"Hacia el mediodía, después de la terrible ceremonia en el panteón familiar, el conde D'Athol despidió a la fúnebre escolta. Después solo, encerrose con la muerta, entre los cuatro muros de mármol, y cerró la puerta de hierro del mausoleo. El incienso se quemaba en un trípode, frente al ataúd... Él, en pie, ensimismado, con el solo sentimiento de una ternura sin esperanza, se había quedado allí durante todo el día. Alrededor de las seis, en el crepúsculo, salió del lugar sagrado. Al cerrar el sepulcro, quitó la llave de plata de la cerradura y, empinándose en el último peldaño de la escalinata, la arrojó al interior del panteón...” (Conde de L´Isle Addams, Vera).

"A la puerta del cementerio, otra sorpresa. La portezuela de un cupé se abre ruidosamente, y la señora, una pariente de De Jacquels, una mujer muy guapa, en la treintena de su edad, que ha sido, creo, más o menos su amante, se me desploma en los brazos entre sollozos ahogados y un bonito dolor teatral que sienta de maravilla a su rosáceo frescor de rubia y a su elegante luto de viuda" (Jean Lorrain, Oración fúnebre).

"En el comedor tapizado de negro, abierto sobre el jardín de su casa súbitamente transformado, mostrando sus avenidas espolvoreadas de carbón, su pequeño estanque bordeado de un brocal de basalto y lleno de tinta, y sus macizos de cipreses y pinos, se había servido la cena sobre un mantel negro adornado con cestas de violetas y escabiosas, alumbrado por candelabros en que ardían llamas verdes y candeleros de iglesia en que llameaban cirios. Mientras una orquesta tocaba marchas fúnebres... " (J.K. Huysmans, Al revés).

"Poco a poco se había formado el hábito de enumerar a sus Muertos: ya de muy joven había llegado a la conclusión de que debía hacer algo por ellos. Estaban allí en su simplificada, intensificada esencia... como si se hubieran quedado sólo sin habla" (Henry James, El altar de los muertos).

"...y me quedé de una pieza, al pasar por el pórtico, cubierto de crespones negros y sembrado de armas con doble escudo, y toparme en el coro con el más deslumbrante catafalco..." (Barbey d´Aurevilly, Las diabólicas).

"Era una mujer alta, majestuosa, y tan noble en todo su porte, que no recordé haber visto nada parecido en las colecciones de bellezas aristocráticas del pasado. Un perfume de altiva virtud emanaba de toda su persona. Su rostro, triste y demacrado, respondía perfectamente al luto riguroso que revestía" (Charles Baudelaire, Pequeños poemas en prosa).

"La carroza iba tirada por ocho caballos negros, cada uno de los cuales llevaba sobre su cabeza un penacho de plumas de avestruz que se balanceaban. El ataúd de plomo iba cubierto con rico paño de púrpura, sobre el que estaban, bordadas en oro, las armas de los Canterville. La carroza y los coches de respeto iban flanqueados por los criados portadores de hachones encendidos, y el cortejo resultaba grandioso e impresionante" (Oscar Wilde, El fantasma de Canterville).

"... de repente, la luna irrumpió a través de las nubes, revelándome que estaba en un cementerio, y que la construcción cuadrada que tenía ante mí era un enorme mausoleo de mármol, blanco como la nieve, que se extendía junto a él" (Bram Stoker, El invitado de Drácula).

"Entró Julien de luto riguroso, elegante, atareado, satisfecho de la afluencia. Habló en voz baja con su mujer para pedirle un consejo. Añadió en tono confidencial: - Ha venido toda la nobleza; va a ser un entierro estupendo" (Guy de Maupassant, Una vida).

"El Conde de Medina la Vieja sonrió con una de aquellas heladas sonrisas de cadáver que haría escalofriarse a las gentes. Tenía una rara apostura cadavérica, un chic macabro que realzaba con una elegancia marchita" (Antonio de Hoyos y Vinent, Noche de China).